miércoles, 29 de junio de 2016

La casa en el bosque

Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 
Kai Fagerström, un fotógrafo repetidamente ganador de la OMS (un concurso de fotografía muy relevante) ha creado una serie muy interesante e inusual de imágenes donde captura a curiosos "habitantes" en las casas abandonadas de un bosque finlandés.
Este lugar fue un remoto complejo lleno de niños y familias las cuales acudían para pasar largos periodos vacacionales.
Un año hubo un tremendo accidente que provocó un incendio. y que acabó con un triste desenlace,
la muerte del dueño de aquél lugar.
El tiempo pasó y tan sólo quedaron los sonidos de la naturaleza impía.

-"La gente dejó este lugar y ahora, aquí, los únicos visitantes son los animales"

Kai Fagerström logró hacer una excelente foto -The Hunting- dicha imagen fue la encargada de darlo a conocer al mundo entero. Varios responsables de National Geographic publicaron su excelente trabajo y lo catapultaron hasta la fama. 
Con su cámara ha capturado a zorros, búhos, tejones y otros habitantes del maravilloso suomen metsien.

Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 
Unos treinta años después encontré la casa de los tejones, ya no era la misma, pero el estado de ánimo de mi infancia todavía flotaba por allí. Paredes grises y un techo de tejas descubierto, ventanas abiertas, incluso la puerta chirriante de una sola bisagra. El árbol de roble en el patio, las lilas floreciente salvajes. El bosque estaba reclamando rápidamente su propia existencia, detrás de la cabaña los montículos de arena al lado de la base de la pared mostraban las huellas de patas y las marcas que hacían sus garras.

Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 
Cae la noche, el silencio se rompe por el golpeteo de pequeños pies en el alféizar de una vieja ventana. Un ser canoso sale de una casa vieja y abandonada. Hay familias enteras que viven bajo las tablas del suelo podrido. Las casas ahora ya no son habitadas por los seres humanos, pero los animales salvajes son observados por mi objetivo.

Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 
Paseé por el patio, miré a la casa y miré en las ventanas. El revestimiento gris era bastante visible y al mismo tiempo la decoración innecesaria ya no existía. En el vestíbulo principal habían zapatos viejos, los mismos que antes sostuvieron mis firmes pasos y deseos de viajar. En la sala principal estaba la chimenea parcialmente derruida, una estufa oxidada y un taburete a falta de una pata formaban parte de aquella estancia. Entre el bosque y la casa había arbustos y algunos manzanos que apenas se aferraban a la vida. En frente, un campo mostraba la ladera al sur.

Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 
Esperé la puesta de sol y el crepúsculo se hizo evidente y profundo. Un mirlo cantaba. Por fin, la figura pálida de un tejón que apareció en el suelo se posó allí, por un momento. Pronto se puso de manifiesto y se situó al lado de unas ruedas de camión de un viejo juguete, aquel animal solitario estaba viviendo en la casa de campo. Treinta años antes, jamás me habría imaginado que nuestro huésped invitado se hubiera convertido en un tejón. Me sentía melancólico. Sentí que había perdido algo irreemplazable de mi vida allí.

Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 
Fui a la casa de campo varias noches seguidas y el patrón se repetía. El tejón olfateaba el viento y se encerraba en su madriguera para reaparecer en breve. Luego desaparecía en sus expediciones nocturnas. La única variación era ver por que camino se esfumaba esta vez.

Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 
Durante las noches, algo nuevo comenzó a formarse en el fondo de mi mente; la curiosidad fue reemplazada por la nostalgia. Las casas, ahora bien construidas siguen siendo el futuro de una generación y la siguiente. El mundo cambia a su alrededor, pero siempre al final son abandonadas. Luego se las denomina casas abandonadas, y su destino se convierte en decadencia, y cuando el techo finalmente cede la casa se derrumba.
Es como la vida en sí...

Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 


Kai Fagestrom
Foto: Kai Fagerström 
El viejo tejón no vivió para ver su hogar derruido por completo. Lo encontré junto a la carretera, muerto, lo había atropellado un coche, estaba descansando sobre su costado, y sus patas parecían congeladas. Toqué una de ellas y las examiné. Las almohadillas eran gruesas para poder caminar y excavar, las garras largas y afiladas, los dientes le brillaban como un collar de perlas blancas.
Llevé su cuerpo al bosque y lo coloqué debajo de un pequeño abeto.

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Foto: Kai Fagerström 
Me senté en el patio bajo el gran árbol de abedul para esperar la noche. Sentí de nuevo el cosquilleo de la emoción de mis tardes de infancia en el jardín encantado de la cabaña, pero ahora la sensación estaba sazonada con la nostalgia.
Era un anhelo que el tiempo inocente y la cotidianidad del mundo me había arrebatado. Las piedras angulares de nuestras vidas se encontraban en una edad temprana y eso de había agotado a través de los años.
Como adultos vemos el mundo a través de unas gafas oscuras y en algún lugar de lo mas profundo dentro de nosotros mismos, anhelamos el espíritu de nuestra inocencia.

Foto: Kai Fagerström
Foto: Kai Fagerström


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Foto: Kai Fagerström 
Al menos en ese momento de la tarde anhelaba aquellos veranos cálidos, esos prados repletos de mariposas, vacas en el pasto y la arena bajo mis pies descalzos.
Porque deseaba que la inmersión fuera total en el mundo de mis aventuras, que sólo un niño sabe cómo lograr. Aquí y ahora, y dejar que el resto del mundo desapareciese.

Kai Fagerström
Foto: Kai Fagerström 



Copyright © 2016 Ksilencio web. texto por Heikki Willamo. Adaptación por Daniel Romero. Imagenes por Kai Fagerström. LTD All rights reserved. Prohibida la reproduccion de esta entrada sin el permiso de la web.

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